El cuerpo se convierte en casa,
en viaje, en revolución, en un cuerpo que tiene que albergar y dejar partir
al mismo tiempo, en un cuerpo que se agranda y se achica, que espera y que
despide, que desea y que sufre, en un cuerpo dolido, enamorado, expectante,
latente, en un cuerpo intenso, en un cuerpo que da cuerpo a la vida. El
cuerpo de una mujer durante un parto es una marea de sensaciones que cada
mujer vive distinto pero que arrasa como un huracán de sentidos exacerbados
miedo, emoción, plenitud, amor, dolor, esperanza, felicidad, asombro,
ganas con la inercia de la vida cotidiana e, incluso, con la silenciosa
uniformidad de los cuerpos modernos.
El cuerpo de una mujer en un parto es aún más propio que nunca (y es propia
también la generosidad de abrirse para dejar camino). Sin embargo, durante
el siglo XX la medicina se
apropió del cuerpo de la mujer en el parto e interpuso a los médicos entre
las mujeres y sus hijos e hijas. Sin dudas, la ciencia permitió la baja
de la mortalidad materna. Pero, en nombre de la salud, se cometieron abusos
que dejaron, en muchos casos, a las mujeres mudas o sordas de sus propios
cuerpos, de sus propios partos, de sus propios hijos.
Ahora, el movimiento internacional por la humanización del nacimiento
intenta revertir esta tendencia para que las elecciones se tomen desde el
ombligo de las mamás (y no desde arriba de ellas) y para utilizar los
adelantos científicos la cesárea, la episiotomía
(un corte en la vagina que se hace supuestamente para facilitar la expulsión
del bebé) o la anestesia epidural cuando la
necesidad lo requiere o la mujer lo decide.
Las mujeres tienen mucho miedo del parto y creen que la tecnología les trae
seguridad. Pero eso no es cierto. No queremos ser la Gestapo del
parto natural y decirles a otras mujeres no
podes tener tu cesárea o no podes tener tu
epidural. Queremos que las mujeres elijan cómo
parir. Muchas quieren un parto natural pero
todo el sistema está creado para resistir a esa preferencia e inducirlas a
un parto tecnológico. Hay
que cambiar el sistema para que las mamás puedan acceder a un parto más
humanizado, subraya en perfecto castellano la antropóloga norteamericana
Robbie Davis-Floyd, investigadora y profesora de la Universidad de Texas,
especialista en antropología de la reproducción y autora de los
libros Parto y conocimiento oficial: perspectivas
de culturas intercambiadas, Reconsiderando el arte de ser partera: el nuevo
modelo de cuidado canadiense y Parteras en México:
continuidad, controversia y cambio.
Ella es también miembro de la Sociedad de Antropología Médica y de la
Alianza de Comadronas de Norteamérica y vino a
Buenos Aires a dictar un seminario, invitada por la
Fundación Creavida
(una organización no gubernamental que pelea por la humanización del
nacimiento). Pero acá las mujeres que no están directamente expulsadas
del sistema tienen que recurrir sí o sí (salvo experiencias muy contadas y,
además, generalmente muy costosas) a la red de medicina pública o privada
donde, en la mayoría de los casos, no se cumple, siquiera, con las reglas
sugeridas por la Organización Mundial de la Salud
que indican que cada mujer puede elegir el tipo de parto que prefiera, que
no existe justificación para que haya más de un 15% de
cesáreas (en Argentina hay sanatorios
que tienen hasta un 50%) o que debe fomentarse el amamantamiento antes de
que la mujer salga de la sala de partos. Por eso, Robbie enfatiza: No daría
a luz en la Argentina si no pudiera tener
un parto humanizado.
El eje de investigación de la antropóloga son las parteras (no en el rol de
acompañantes de los médicos sino como reemplazantes de ellos) como la pieza
clave de partos centrados en las necesidades femeninas y no en la de los
obstetras. Los médicos tienen una idea de status en donde estar arriba
tiene más status que estar abajo, por eso, están acostumbrados a que la
mujer esté acostada y ellos estén parados, más arriba. En cambio, las
parteras están acostumbradas a meterse entre las rodillas o agacharse mucho
para recibir el bebé. Cuando la mujer está arriba, la partera está abajo
remarca la doctora en antropología. Para los médicos eso sería una falta
de respeto. La diferencia es que las parteras están en el alumbramiento para
respetar a la mujer y sus necesidades y no por status.
Sería bueno, entonces, que las mujeres volvamos a estar arriba en los
partos.
Sí, ¡mucho más arriba! Para las mujeres son mejores los partos humanizados
porque tienen el respeto que necesitan y salen felices sintiéndose
escuchadas. Para los bebés también es mejor porque las parteras no los
separan de la mamá y facilitan la amamantación.
Y para la sociedad también es un beneficio porque los médicos ganan mucho
más dinero que las parteras y, además, los partos más humanizados traen
seres humanos más humanizados. En Suecia, Finlandia, Noruega, Dinamarca,
Holanda a nadie se le ocurre que un médico esté en un parto normal. No hace
falta más que una partera.
¿Por qué le da tanta importancia a que las mujeres sean asistidas por
parteras y no por obstetras?
Porque ellas son fabulosas. En la mayoría del mundo hay dos tipos de
parteras: tradicionales (o indígenas) y profesionales con entrenamiento
universitario. En Europa son autónomas, hacen el cuidado prenatal, natal y
postnatal, en la casa de la paciente o en hospitales. No hay necesidad de
ver al médico, salvo que haya un problema de alto riesgo en el que se
necesita, por ejemplo, recurrir a una cesárea. Una
gran diferencia entre la partera y el médico es que las parteras tienen una
ideología humanística y pasan mucho tiempo con las mujeres, escuchan sus
preguntas, están durante el trabajo del parto y se desarrolla una relación
de cariño. Ellas permiten que la mujer camine, que tome agua, que no esté
con las máquinas conectadas permanentemente, que pueda tener un parto
vertical. Las parteras están entrenadas para facilitar el parto, no para
manejarlo.
¿Cuáles son los países más retrasados en la posibilidad de acceder a este
tipo de partos?
Argentina y Brasil,
aunque acá la situación es peor. En Estados Unidos
los obstetras tienen un control muy hegemónico del parto porque ganan mucho
dinero y ven a las parteras profesionales como competencia. Sin embargo, en
todo el mundo hay un renacimiento de las parteras.
A pesar de esta tendencia, en la Argentina es
bastante complejo que una embarazada le pueda plantear a un obstetra que
quiere tener un parto con reglas propias.
Hay que hacer activismo: lo único que ha cambiado el mundo es un grupo
chico de personas trabajando con mucha dedicación y aquí hay organizaciones
como la Fundación Creavida para pelear por
un parto humanizado. No puede ser que en la
Argentina la tasa de episiotomía sea del 90 por ciento. La práctica de
episiotomía nunca debe superar al 10%,en ningún lugar, por ninguna razón.
Aquí muchos obstetras nunca han visto un parto sin episiotomía a menos que
sea cesárea (risas), pero tiene que haber un corte
de algún tipo. Muchos médicos me preguntan: ¿Puede salir el bebé sin
episiotomía? ¿Cómo sale? Y yo les contesto: ¿Cómo crees? (risas). Si la
mujer está en posición vertical no hay desgarros.
También es cierto que la ciencia trajo soluciones para complicaciones que
antes les costaban la vida a muchas mujeres. ¿Es posible un equilibrio entre
naturaleza y tecnología?
La intervención tecnológica es milagrosa y efectiva cuando realmente se
necesita. Las cesáreas pueden salvar vidas en el 5%
de los casos. El reto que tenemos nosotros, ahora que contamos con la
antigua sabiduría y la actual tecnología, es que se respete el deseo de la
mujer.
Y fue ese deseo roto el que motivó a Robbie a convertirse en una antropóloga
especializada en partos. En 1979 (justo cuando tenía que decidir el tema de
su tesis) tuvo a su primera hija (Peyton). Pero no la tuvo como ella quería.
Cuando nació Peyton me dijeron que no podía tener un
parto natural. Yo tenía un médico muy
tecnocrático que me decía Sólo tienes cuatro centímetros (de dilatación),
nunca vas a llegar a diez, tenemos que hacer una
cesárea. Me quedé con la idea de no puedo, no tengo fuerza. Me sentí
desapoderada relata. Cuatro años después, di a luz a mi segundo hijo
(Jasón), que pesó 5 kilos (era más grande que Peyton), en mi casa, con una
partera. Tuve la sensación de haber cumplido con mi bebé y además conmigo
misma.
Para Robbie, la antropóloga que estudia cómo los partos cambiaron en el
mundo y que piensa que los partos pueden cambiar el mundo, su propio parto
le cambió la vida, aun mucho después del parto y en una situación de dolor
extremo en donde ella tuvo que morir y nacer de nuevo. Mi hija Payton murió
en septiembre de 2000, en un accidente de autos, cuatro días antes de
cumplir 21 años. Una de las pocas cosas que me hicieron poder resistir esa
tragedia fue haber podido dar a luz a mi hijo Jasón, porque eso me enseñó
que tengo más fuerzas de las que creo que tengo destaca. Para poder
sobrevivir tuve que buscar profundamente dentro de mí esa fuerza con la que
di a luz.